01 de Abril de 2011

Prólogo del poemario "LA RISA DE LA HIERBA"

del autor Juan Pomponio Castiglione por Karina Isabel Roldán

¿Qué sucede cuando las Diosas de los siglos atraviesan el ocaso y se instalan en las arterias? Acontece la transmutación de las almas incitando los cuerpos, el hervor inmediato en el tiempo ausente de relojes, un suspiro encerrado que brotará elocuente. Pero ¿y si todo resplandeciera de idéntica manera al día siguiente y al otro y al otro? He de pensar entonces que las divinidades sí han apostado su carnalidad en las lomas y cerros que hermosean las curvas de una mujer y que un hombre sabio, artesano de las metáforas, despunta poesías entrelazando el misticismo que no cesa de exudar pasiones.

Juan Pomponio habita en una constante plenitud literaria y dibuja la conjugación perfecta entre sensibilidad y creación, traspasando los límites conocidos para entablar diálogos directos con la madre naturaleza. Su rostro es el rostro de la poesía y descubro gracias a su trazo, el poderío de las hierbas bebiendo la tinta de aquella panacea teñida de encanto, en un suave color azafranado. La generosa Artemisa recorre los contornos de las sílabas asumiendo esencias pasadas, repartiendo la vibración con los ausentes y éste narrador inmemorial transcribe la fórmula de un brebaje cuya receta se amolda al formato y donde los vocablos encierran la personalidad de un ser abarcando la integridad de los sentimientos.

La risa de la hierba abraza palabras ilusorias que nos atraviesan el núcleo y del escote surge la fuente de toda erudición. Una sabiduría alquímica que conserva el lenguaje propio de lo etéreo, que comprende los segundos clave detenidos en un solo silencio, el estrépito estelar en la cadencia de una frase. De pronto, la transfiguración del crepúsculo asoma de las pupilas del Poeta y se puede ver la luz del Amor. Azul marino, bellas figuras ensambladas a los párpados que miran sin edad desde el siglo desconocido, cuando su cuerpo masculino enarboló la bandera del deseo atravesando los caminos de la gloria. Oculto en el interlunio y a la espera de reanudar su ciclo natural de existir, se hallan los restos de aquellas expresiones trocadas en versos, deliberadamente escritas por una mano que ha sabido volcar la osadía del sentimiento universal: Amor.  

Las veces que el azar ubica las piezas humanas en el punto justo de algún engranaje estelar, parece que la naturaleza vibra acompañando el reencuentro. Hierbas veneradas, hierbas curativas y espirituales, hierbas poéticas y alegres. ¿Cómo no ver con nuestros ojos invisibles del alma muda la sonrisa que persiste en cada una de éstas especies?

El exquisito poemario nos permite hacer un recorrido con los sentidos dispuestos, asomar la nariz para embebernos de sus fragancias. Una poesía indisoluble dibujada sobre el pentagrama del presente, en el que la sensualidad está escrita sobre la escala musical del perfecto siete, embistiendo las venas. El persistente aleteo de una mariposa envuelve de magia a la soledad. Brotan flores en un campo inexistente, del fondo de la tierra por donde corren los espíritus del encanto, ensoñación prolongada. Una fábula corta donde una crisálida reclinada al lado de las estrellas, hace visible sus alas y desciende al abismo en el que redescubre su interior.

Juan Pomponio no tiene herencias ni semejanzas en su sangre literaria. Es un hombre sin tiempo enraizado en la distancia y, como un árbol señero, nos cuenta secretos al oído infinito para abrazar el milenio y deslizar una gota de su rocío por las grietas del corazón. Aquí, al dar vuelta cada una de las hojas del libro, la senda trazada por sus dedos sirve de puente para que el hecho místico suceda continuamente, curtiendo los muros de una madreselva que traduce la amalgama perfecta del enamorado entregado a los rituales de la existencia. 

Karina Isabel Roldán

Prólogo perteneciente al nuevo poemario del escritor y poeta JUAN POMPONIO, edit. Secretaría de Cultura de Berazategui, Buenos Aires – Argentina -- Marzo 2010 © copyright